Para hacer lo que debes hacer, empieza por no hacer lo que no debes hacer

Hola a todos.

Hoy es un gran día. Me estreno como autor del blog (también recién estrenado) de TheBrainSphere.

Voy a comenzar con una entrada dentro de la categoría “CÁPSULAS”. Dentro de esta categoría irán apareciendo entradas sobre todo tipo de temas, con las que intentaré compartir del modo más ameno posible algunas de las cosas que he ido pensando o descubriendo a lo largo del camino.

Hace relativamente poco tiempo he descubierto que, aunque es muy importante saber qué es lo que tienes que hacer (y hacerlo, por supuesto), quizás es incluso más importante saber qué es lo que NO tienes que hacer (y, por supuesto, NO hacerlo).

Me explico poniendo como ejemplo mi propia experiencia personal. Siempre he tenido muy clara la parte de intentar saber qué es lo que uno tiene que hacer y, si es posible, hacerlo. Y por supuesto que también he tenido muy claro que determinadas cosas extremas no se pueden hacer de ningún modo. Sin embargo, existen ciertas cosas que aunque en un principio parece que no dan problemas y que se pueden compaginar con el resto, es mejor no hacerlas.

Cuando era niño pensaba que era infinito. Tal cual. Pensaba que podía hacer todo lo que quisiese y que tenia todo el tiempo y toda la energía necesaria para lo que hiciese falta. Como he dicho, eso lo pensaba cuando era niño. De niño no conoces tus límites, y de hecho quizás incluso pienses (como era mi caso) que no los tienes. Sin embargo a lo largo de la vida uno se va chocando con esas paredes que antes le eran invisibles y va aprendiendo una crudísima realidad: el tiempo y la energía son limitados.

Hay quien aún piensa que si no le da tiempo a hacer el trabajo de un día en 8 horas, puede dedicar 10, y que si no le da tiempo en 10, puede dedicar 12. Así, los días se convierten en una suerte de chicle que uno puede estirar y estirar a su antojo. De forma casi milagrosa resulta que si nos empeñamos podemos tener una productividad extraordinaria cada día símplemente con trabajar más horas. Y si no nos da tiempo durante los 5 días de diario siempre podemos tirar del fin de semana.

Bien, amigos. Eso es totalmente falso.

Nuestro organismo sigue distintos ciclos. El primero es nuestro ciclo de vida, desde que nacemos hasta que fallecemos (a ser posible de viejos), el segundo es anual, el tercero es lunar de 4 semanas, el cuarto es semanal y el quinto es diario. Incluso quienes estudian el sueño hablan de un sexto ciclo de entre 90 y 120 minutos. De todos esos ciclos, el que realmente nos resulta más cotidiano es el diario. Tenemos un recurso energético a nuestra disposición cada día, y ese recurso se recupera durante el sueño. No hay más vueltas. Necesitamos dormir para descansar, y por mucho que nos empeñemos no podemos realizar (bien) más de cierta cantidad de trabajo en cada día. Esto se debe sencillamente a que tanto nuestro cuerpo como nuestro cerebro necesitan energía para funcionar, y cuando se termina la energía empiezan a fallar.

En definitiva, todo aquello que hacemos a lo largo de nuestra vida compite por unas mismas energías que nos vienen limitadas. Es en este punto cuando el “no hacer lo que no hay que hacer” comienza a cobrar un gran sentido.

Desde el punto de vista físico, todos vemos muy claro que si nuestro objetivo para un día es llegar corriendo hasta cierto lugar muy alejado, será más costoso ir dando varios rodeos que ir siguiendo una línea más o menos recta. Ponernos a dar rodeos incluso puede implicar que seamos incapaces de llegar a la meta en el día.

Desde el punto de vista cognitivo por lo general tenemos más dificultades en darnos cuenta de esa misma realidad. Pensamos que entretener nuestra mente con otra cosa es equivalente a descansar un rato mientras corremos, pero no es así. Nuestro cerebro está consumiendo energía SIEMPRE. Y consume mucha, mucha energía. Por lo tanto, ese “resolver otro problema que no es a lo que estaba pero me parece más entretenido ahora mismo” o esa “partida al buscaminas para relajarme un rato” no son exactamente como descansar durante la carrera. Son lo equivalente a llegar a un pueblo y entretenernos un rato corriendo por sus calles en lugar de seguir corriendo hacia el siguiente. De modo que en las últimas horas de trabajo vemos que tenemos mucho amontonado y o bien optamos por no terminarlo todo (es decir, no llegar a la meta del día) ó (lo que es peor) hacer un esfuerzo extra para terminarlo en un estado de baja energía, con el enorme riesgo de hacer algo mal. Porque, sí, cuando trabajamos en estado de baja energía cometemos mucho más errores, y como tenemos pocas energías también tenemos poca capacidad de atención para detectar que lo estamos haciendo mal. Es por esa razón por la que muchas veces me levanté por la mañana y contemplé horrorizado que a las 22h del día anterior había borrado una versión A buena de algo pensando que había que hacerlo de otro modo B, cuando una semana antes había planificado el camino para A como el correcto, y de hecho incluso había tachado el de B porque era inviable debido a X, Y y Z.

No estoy diciendo que no nos podamos tomar un descanso. Los descansos nos permiten hacer pequeñas recargas de energía y están muy bien cada cierto tiempo. A lo que me refiero es a poner nuestra mente a resolver problemas que no son relevantes. He pasado buenos ratos jugando al buscaminas, pero a partir de cierto punto se convierte en una actividad mental frenética que consume mucha energía, y sinceramente el haber conseguido rebajar mi mejor tiempo no es algo que me sume mucho al final de día.

Pero hay más. Veréis. Nuestro cerebro es un sistema atencional. Hay tantísima información que procesar y tantísimas cosas que evaluar para planificar nuestra conducta que nuestra mente, a pesar de ser masivamente paralela y contar con una capacidad de cómputo espectacular, se ve totalmente desbordada. No es cierto eso que muchas veces se dice de que nuestra mente se da cuenta de todo y lo procesa todo. Eso es físicamente imposible. Nuestro cerebro realmente no es más que otra pieza de nuestro organismo destinada a mantenernos vivos. Al menos hasta poder pasar nuestros genes a la siguiente generación (cosas de la evolución natural). Y para mantenernos vivos la solución evolutiva fue concentrar el recurso cognitivo disponible (es decir, la capacidad de cálculo) allí donde fuese necesaria en cada momento. Por lo tanto, la mente detecta aquello a lo que es “más prioritario” prestar atención para poder “concentrarse” en ello. Habréis notado las comillas en “más prioritario” y en “concentrarse”.

Concentración, concentración, concentración. Mientras he escrito el párrafo anterior habré pensado 2 veces en un amigo, otras 2 veces en una amiga, 4 veces en un regalo de cumpleaños que tengo pendiente y 3 veces en qué tengo ahora mismo en la nevera. Aparte he mirado el reloj por lo menos 1 vez, he limpiado una mota de polvo que había en una esquina del monitor y me he levantado a quitarme una de las dos camisetas porque tenía calor.

Creo que ya sabéis por dónde voy. Lo prioritario para mí ahora mismo es terminar esta entrada para poder irme a merendar, pero por mucho que quiera me es casi imposible estar 100% concentrado en ello. Eso se debe a que nuestra mente está formada por muchas sub-unidades que funcionan de un modo más o menos independiente y que continuamente nos envían señales para hacer relevantes las cosas que les parecen interesantes. Estás pensando en algo que es en ese momento “lo importante” pero cada cierto tiempo tu atención se va a otro sitio que no tiene nada que ver.

Muy bien, y ¿a qué sitios se van nuestras mentes cada cierto tiempo, no dejándonos concentrarnos en lo que es imporante en ese momento? Pues a todas aquellas cosas con las que salpimentamos nuestra vida. Muchas de las cuales son innecesarias y por esa razón es mejor no hacerlas.

Para que por fin se termine de entender lo que quiero decir, voy a poner un ejemplo propio. Hasta hace no mucho tiempo tenía los vieojuegos como uno de mis hobbies. No quiero que nadie que juegue a videojuegos se moleste con esto. Voy a contar por qué razón he decidido no seguir jugando debido a cómo me afectan a mí, pero cada persona es un mundo y por supuesto el hecho de que en mi caso sea así no implica que para otras personas ocurra lo mismo. Los videojuegos me gustan por varias razones, una de ellas que te abstraen del mundo cotidiano y te permiten tener vivencias en otros mundos. Pero precísamente el hecho de abstraerme y de darme otras cosas distintas en las que pensar (cómo conseguir pasar determinada fase, cómo terminar determinada misión o cómo configurar el coche para que agarre mejor en mojado) es la razón por las que he decidido dejarlos.

Los videojuegos son un ejemplo, pero hay muchos más. Habréis oido hablar de los ladrones de tiempo y de las personas tóxicas, por ejemplo. A mi modo de ver hay muchas cosas en las que uno puede enrolarse, las cuales absorben no sólo nuestro tiempo sino también nuestra atención y con ella nuestros recursos cognitivos.

Esto que digo no se extiende a todo, por supuesto. La familia es muy importante, los amigos soy muy importantes y el tener aficiones está muy bien. Sin embargo, tengo unos objetivos que cumplir, y el cumplirlos depende de que sea capaz de concentrarme en realizar determinadas actividades que me llevan a ellos. Por lo tanto, si una afición absorve mi atención más de la cuenta y me distrae compitiendo duramente por el recurso cognitivo que necesito para mis objetivos, entonces esa afición no me favorece. Y, por supuesto, si una persona me quiere para que la ayude a solucionar sus problemas sin preocuparse por los míos ni preguntarme cómo me va, tampoco me favorece. Sin duda los momentos más productivos en mi vida fueron aquellos en los que decidí cortar con determinadas cosas (y también personas, sí).

En definitiva, y para cerrar el círculo, en esta cápsula lo que quiero hacer ver es que (al menos en mi caso) no basta con saber cuáles son nuestros objetivos, qué tenemos que hacer para conseguirlos y ponernos a ello. También es necesario tener un poco de disciplina a la hora de seleccionar aquellas cosas con las que salpimentamos nuestra vida. No estamos aquí para trabajar, eso lo tengo claro. Pero también tengo claro que muchos, como yo, queremos conseguir alcanzar ciertas metas, y que para ello hay que avanzar en una línea lo más recta posible evitando constantes rodeos. ¿Familia? ¿Amigos? ¿Aficiones? Claro que sí. Pero seleccionando y creando compartimentos estancos de modo que unas salsas no estropéen a las otras.

Y, ahora sí, me voy a merendar un par de manzanas porque me lo he merecido.

¡Abrazos!

Víctor.

5 thoughts on “Para hacer lo que debes hacer, empieza por no hacer lo que no debes hacer”

  1. Muy interesante todo esto que cuentas, Victor. Blog directamente a favoritos. Te seguiré de cerca 😉

    Y ahora voy a seguir con lo que estaba, que tu artículo ha descentrado a mi cerebro 😉

    Y céname más de dos simples manzanas, hazme el favor.

    1. ¡Mi queridísimo señor Luis Alberto Santamaría!

      Gracias. Me alegro de que te guste. Los siguientes serán más cortos.

      Por cierto, tranquilo que lo de la cena era un fallo. Las 2 manzanas eran para merendar … ya lo he editado 😉

      Un abrazo para usted!
      Víctor.

  2. Genial artículo. Aquí tienes un fiel seguidor.
    Mi cerebro ha dedicado parte de su tiempo a leerte y escribirte, no podía hacer menos.
    Un abrazo, amigo!

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